martes, 19 de septiembre de 2017

Premio Ig Nobel para nuestro iPod intravaginal

Pues sí, habéis leído bien. Me refiero a una especie de iPod que se introduce ahí mismo donde reza el título. Y para mas inri, se trata de un invento nacional, comercializado como Babypod, y acaba de ganar el Premio Ig Nobel en la categoría de Obstetricia, entregado la semana pasada en el campus de la Universidad de Harvard.

Según recitó Marc Abrahams, fundador de estos galardones y de la revista ‘Annals of Improbable Research’, el premio se concedió a los investigadores españoles por “mostrar que un feto humano en desarrollo responde más fuertemente a la música reproducida electromecánicamente dentro de la vagina de la madre que a la reproducida sobre la barriga de la madre”. Ni más ni menos.

Y se sustenta documentalmente, por un lado, en el artículo publicado por Marisa López Teijón, Álex García Faura y Alberto Prats Galino en la revista ‘Ultrasound’ (2015;23:216-223), de título “Expresión facial fetal en respuesta a emisión de música intravaginal”; y por otro, en la patente del chisme en cuestión, registrado a nombre de la citada Marisa López Teijón y Luis Pallarés Aniorte.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Pisa morena, pisa con garbo... Formas de andar y orgasmos vaginales

No es lo mismo pisar con garbo, como la morena de ‘El relicario’, que caminar a pasitos cortos como una geisha o un conejito de esos que anuncian pilas Duracell. Un sexólogo con buen ojo tendría muy claro qué andares se relacionan con la facilidad de la mujer para alcanzar orgasmos vaginales.

Es lo que nos explicó el Dr. Stuart Brody, un especialista de la Universidad de West Scotland que saltó a las páginas de casi todos los medios de comunicación gracias a un artículo publicado hace casi una década en el Journal of Sexual Medicine (2008;5:2119-2124).

Lo cierto es que el concepto de orgasmo vaginal -como diferenciado del orgasmo clitoriano- fue adquiriendo cada vez más más fuerza. Freud ya relacionó en su día la incapacidad para alcanzar orgasmos vaginales con la inmadurez sexual. El propio Dr. Brody mencionaba en su artículo, además, que esos orgasmos se asocian a una mejor salud mental. Y en una investigación anterior que había publicado en la misma revista (J Sex Med 2008;5:1167-1176) concluyó –después de haber evaluado a 94 mujeres portuguesas- que aquellas capaces de alcanzar el orgasmo vaginal en el coito se caracterizaban por un menor uso de mecanismos de defensa psicológicos propios de la inmadurez.

lunes, 28 de agosto de 2017

La psoriagrís de Juego de tronos: Literatura médica sobre una enfermedad de fantasía

La séptima temporada de Juego de tronos ha llegado a su fin y sus fans se muerden las uñas pensando que hasta 2019 no volverá a las pantallas. Está claro que la serie es todo un fenómeno. Incluso ya hablé aquí de ella en el post titulado “Las matemáticas aplicadas a ‘Juego de tronos’”, por cierto uno de los más visitados de la página.

Por otro lado, en otros posts hemos visto que ni siquiera los personajes de ficción escapan al escrutinio científico. Prestigiosas revistas médicas han incluido en sus páginas sesudos artículos sobre la salud mental de Gollum, de los personajes de Star Wars o el trastorno de ansiedad del osito Winnie Pooh.

Pero volviendo a Juego de tronos, hoy no voy a escribir sobre los efectos del veneno utilizado para cargarse a Joffrey ni a las quemaduras faciales de El Perro, sino sobre la enfermedad que se inventó el amigo George R.R. Martin a modo de devastadora plaga infecciosa.

Se trata de la psoriagrís –o ‘greyscale’ en inglés-, una enfermedad que despertó la curiosidad del dermatólogo Jules B. Lipoff, de la Universidad de Pennsylvania, que el año pasado publicó un breve artículo sobre ella en la revista ‘JAMA Dermatology’ (2016;152(8):904).

martes, 15 de agosto de 2017

Cuatro categorías de borrachos: Hemingway, Mary Poppins, Míster Hyde y el Profesor Chiflado

Es evidente que el abuso de alcohol afecta a nuestro estado mental, pero también sabemos bien que a cada cual le afecta de forma distinta. Tenemos ese amigo al que se le suelta la lengua y que cuando se mete dos copas de más no calla ni debajo del agua. Y ese otro que suele ser tranquilo cuando está sobrio y que es capaz de liarse a mamporros con el primero que le roce después de beberse cuatro pelotazos.

A pesar de que por internet circulan bastantes artículos titulados algo así como “Los 12 tipos de beodos que puedes encontrarte en una fiesta”, psicólogos estadounidenses de la Universidad de Missouri comprobaron que en realidad nadie había investigado el tema desde un punto de vista rigurosamente científico. Así que se pusieron manos a la obra y reclutaron a 374 universitarios y 187 amigos de lo primeros que solían acompañarlos cuando salían de copas. Entrevistaron a todos ellos y llegaron a la conclusión, tal como publicaron en ‘Addiction Research and Theory’ (2015; Vol. 24 , Iss. 1,2016), que los borrachos pueden clasificarse según su comportamiento en cuatro categorías. Lo más divertido es cómo denominan a estos cuatro tipos: el ‘Hemingway’, el ‘Mary Poppins’, el ‘Míster Hyde’ y el ‘Profesor Chiflado’.

viernes, 11 de agosto de 2017

La verdadera historia del escroto del violonchelista

A principios de 2009 los lectores del British Medical Journal fueron testigos de una impactante confesión de culpabilidad. Un tal John M. Murphy reconocía públicamente haberse inventado un insólito caso clínico que los editores de la revista británica publicaron en forma de carta 35 años atrás.

La historia, relatada en Annals of Improbable Research, arrancó en 1974, cuando se publicó en aquella revista (BJM 1974;2:226) una carta en la que un tal P. Curtis informaba de tres casos de mastitis detectada en niñas de 8 a 10 años de edad que estaban aprendiendo a tocar la guitarra clásica. Debido a la postura adoptada para tocar, el borde de la caja del instrumento tocaba y rozaba la zona inferior del pezón de las alumnas musicales produciendo la lesión.

A John J. Murphy le hizo gracia aquello del “pezón de la guitarrista” y respondió, con una intención ciertamente gamberra, con una misiva (BMJ 1974;2:335) en la que hacía referencia, por primera vez en la historia, a una nueva enfermedad: “el escroto del violonchelista”. Describía el caso de un músico que pasaba varias horas al día tocando el chelo en ensayos y conciertos, y que presentaba irritación en su escroto debido al constante roce con el cuerpo del instrumento.