jueves, 18 de mayo de 2017

Un orgasmo por los pies y un botón del placer

Los misterios del placer sexual femenino han sido estudiados a menudo y en la literatura médica uno puede encontrar investigaciones de todo pelaje. Una de las cosas que llama la atención son los orgasmos llamados “espontáneos”, que experimentan algunas mujeres en situaciones en las que, a priori, no deberían ser excitantes. Sea dicho que para la gran mayoría este fenómeno es una maldición, puesto que no tiene nada de agradable ni placentero alcanzar el clímax cuando no es deseado, lo cual, además, puede ocurrir en situaciones de lo más comprometido.

Diferentes tipos de fármacos se han asociado a estos orgasmos espontáneos, como algunos inhibidores de la recaptación de serotonina que se utilizan para tratar la depresión y la ansiedad. También se habla de un hongo hawaiano cuyo olor –bastante fétido, por lo que dicen- es capaz de desencadenar orgasmos en casi la mitad de las mujeres que lo huelen, según un estudio que se publicó en el ‘International Journal of Medicinal Mushrooms’ (2001;3:162). Los autores explicaron que hicieron su experimento con 16 mujeres y 20 hombres. Seis de las féminas alcanzaron el clímax de forma espontánea mientras que las otras 10 experimentaron un aumento de la frecuencia cardiaca.

Los autores escribieron que el pestilente aroma de esos hongos tropicales tal vez contiene sustancias parecidas a hormonas que comparten algunas similitudes con los neurotransmisores que se liberan durante el acto sexual. En cualquier caso, desde entonces no se ha sabido nada de esas excitantes setas ni los resultados han sido replicados por otros científicos, lo cual pone muy en duda tanto la existencia de los hongos como sus propiedades.

martes, 25 de abril de 2017

Rock australiano y habilidades quirúrgicas

En el artículo anterior escribí sobre el llamado “Efecto Mozart” y de cómo la propia responsable del estudio que dio pie al revuelo mediático que tuvo lo cuestionaba, diciendo que su pequeña investigación no demostraba en ningún momento que escuchar al genio de Salzburgo volviera más inteligentes a las personas.

También comentaba un insólito estudio en el que se concluía que los endoscopistas que practicaban colonoscopias aumentaban su tasa de detección de pólipos precancerosos si escuchaban música de Mozart.

El tema de la influencia de la música sobre la inteligencia, las habilidades médicas o incluso sobre la propia salud ha llenado muchas páginas de literatura científica. Por ejemplo, se ha estudiado si la música de Mozart influye en los resultados de la campimetría –prueba para evaluar el campo visual- en pacientes con glaucoma (Investigative Ophthalmology & Visual Science 2010,51:5521). Por cierto, se observó que no influía en absoluto.

Incluso se ha comparado la música de Bach con la de Mozart en recién nacidos prematuros para comprobar si les ayuda a reducir el gasto de energía en reposo (Journal of Perinatology 2014;34:153-155). En este caso sí que observaron diferencias a favor del compositor austriaco y en contra del alemán.

viernes, 7 de abril de 2017

Mozart y las colonoscopias

Tal vez algunos hayáis entrado en este post intrigados por su título, preguntándoos qué demonios tendrá que ver el maestro de Salzburgo con la introducción por el recto de una cámara de vídeo fijada a una sonda.

Pues la relación existe, por lo menos a tenor de un estudio médico que se presentó en las Sesiones Científicas del Colegio Americano de Gastroenterología de 2011. Resulta que cuando los médicos que practican colonoscopias llevan a cabo este procedimiento al mismo tiempo que escuchan música de Mozart, su habilidad para detectar pólipos precancerosos aumenta. ¡Viva Mozart!

Seguramente no compuso su ‘Réquiem’ ni su ‘Sinfonía número 40’ con intención de mejorar el cribado de adenomas en el colon, pero mira por donde, su magistral obra tiene esos efectos. Es lo que explicaron la doctora Catherine Noelle O’Shea y el doctor David Wolf, del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Texas, en Houston (Estados Unidos), en aquellas sesiones científicas.

domingo, 26 de marzo de 2017

Grupo sanguíneo B y no comerse un rosco en Corea

Con cierta frecuencia determinadas revistas y diarios nos revelan los resultados de encuestas sobre la pareja ideal. Que si ellas los prefieren ‘cachas’, sensibles y sin calzoncillos largos, o que si a ellos les gustan simpáticas y que sepan hacer una buena tortilla de patatas.

Hasta ahí nada fuera de lo normal. Sin embargo, una encuesta de este estilo realizada en Corea del Sur mostró hace un tiempo que casi la mitad de las chicas rechazaría salir con un joven cuyo grupo sanguíneo fuera el B.

¿Por qué? Pues porque la cultura popular en Extremo Oriente, desde hace muchos años, relaciona ese grupo sanguíneo en el varón con individuos egoístas, infieles y sinvergüenzas.

El origen de la tontería se halla en un libro aparecido en 1927, ‘El estudio del temperamento a través del grupo sanguíneo’, del psicólogo japonés Takeji Furukawa. En los años setenta retomó el tema con éxito Masahiko Nomi en su libro ‘Lo que los tipos de sangre revelan sobre la compatibilidad’, desencadenante de esas "creencias" que todavía perviven.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Caricias placenteras a cuatro centímetros por segundo

El dramaturgo Eugene Ionesco, padre del teatro del absurdo junto con Samuel Beckett, proponía: “Describe un círculo, después acarícialo y se convertirá en un círculo vicioso”.

Lo que tal vez no sabía es que para que la caricia produzca un placer suficiente como para volver vicioso al círculo debe ejecutarse a una velocidad aproximada de cuatro centímetros por segundo.

Es lo que concluyen científicos estadounidenses, británicos y suecos en un artículo publicado en Nature Neuroscience (2009;doi:10.1038/nn.2312), descubridores de un tipo de fibras nerviosas que son las responsables de que las caricias resulten placenteras.

Bautizadas como fibras C-táctiles, explican que se hallan en la piel en la que hay vello, no así en las palmas de las manos y los pies. El hallazgo se logró gracias a la colaboración de una veintena de voluntarios, sometidos a la acción de un estimulador táctil robótico que les acarició diversas áreas de piel a distintas velocidades con su terminal en forma de cepillo. 

Los investigadores observaron que cuando la sensación era descrita por los participantes como placentera, las fibras C-táctiles se activaban y enviaban sus mensajes al cerebro. Sin embargo, cuando la caricia es más lenta o más rápida de esos cuatro centímetros por segundo, las citadas fibras nerviosas no se activan ni la experiencia sensorial resulta tan satisfactoria.